En el liderazgo ocurre algo parecido. Esperamos convicciones firmes, direcciones claras y cierta capacidad para sostener una posición cuando alrededor aparecen las dudas. Tiene sentido. Nadie quiere seguir a alguien que cambia de rumbo cada vez que cambia el viento. El problema es que a veces el viento sí cambia. Hay decisiones que tomamos con una información que después deja de ser cierta. Mercados que conocíamos y empiezan a comportarse de otra manera. Tecnologías que modifican en meses cosas que durante décadas parecieron bastante estables. Incluso personas, organizaciones y nosotros también.
En ese contexto, mantener exactamente la misma posición puede transmitir mucha seguridad y muy poco aprendizaje. Eso no significa que todo deba estar permanentemente en discusión. Necesitamos una brújula justamente porque el paisaje se mueve. Hay valores y convicciones que deberían ayudarnos a decidir hacia dónde avanzar incluso cuando no sabemos muy bien por dónde: la igualdad, el respeto a los demás, el humanismo, la defensa de la dignidad.
Quizá por eso me interesa la conversación que ha empezado a aparecer alrededor del llamado AQ, el coeficiente de adaptabilidad. Durante mucho tiempo utilizamos la inteligencia, el conocimiento o la experiencia como señales de nuestra capacidad para resolver problemas. Ninguna ha dejado de importar. Pero cuando una parte de lo aprendido envejece más rápido, aparece otra capacidad bastante menos cómoda: reconocer cuándo una respuesta que nos funcionó ha dejado de hacerlo.
La experiencia tiene además una pequeña trampa. Cuanto más tiempo llevamos haciendo algo, más evidencia acumulamos de que nuestra manera de hacerlo funciona. Y más difícil puede resultar distinguir entre una convicción construida con los años y una costumbre protegida por ellos.
Lo veo también en las organizaciones. Hay frases que empiezan con “siempre lo hemos hecho así” y otras, algo más sofisticadas, como “sabemos que nuestro consumidor…”, ” o “esta categoría nunca…”. Algunas contienen décadas de conocimiento valioso, otras son fotografías antiguas que seguimos utilizando para orientarnos en un paisaje que ya cambió.
A mí me interesa especialmente lo que ocurre cuando aparecen las primeras señales de que algo ya no encaja. Casi nunca cambiamos de opinión inmediatamente. Primero buscamos la excepción, después algún dato que confirme lo que ya pensábamos y, si podemos, un argumento que nos permita conservar la idea un poco más. No hace falta ser especialmente obstinado para hacerlo.
Tal vez por eso cambiar de opinión exige algo más que tener nueva información. Exige cierta distancia respecto de nuestras propias ideas. Poder decir “esto es lo que pienso” sin convertirlo inmediatamente en “esto es quien soy”. Recientemente escuchaba a Lucrecia Martel hablar precisamente de la identidad como una construcción a la que podemos terminar aferrándonos hasta convertirla en una trampa. Me gustó pensar que con las ideas puede ocurrir algo parecido: cuando dejan de ser algo que pensamos y pasan a ser parte de quienes creemos que somos, cualquier argumento que las cuestione empieza a sentirse también como un cuestionamiento personal.