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Resiliencia sísmica, la infraestructura como “contrato de confianza”

Vivimos en una región donde los terremotos no son una posibilidad lejana: son realidad, historia y lamentablemente, un recordatorio constante de nuestra vulnerabilidad.
jue 19 febrero 2026 06:02 AM
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El miércoles 18 de febrero en la Ciudad de México y Estado de México se realizó un simulacro regional por el cual se activaron 13,900 altavoces y se envió la alerta presidencial con modificaciones. (Shelma Navarrete)

En México no fallan los sismos; falla la memoria. Cada vez que la tierra se mueve, el país se sacude también en discursos, promesas y diagnósticos urgentes. Durante días se habla de seguridad estructural, de normas, de prevención y de responsabilidades. Luego, cuando el miedo se disipa, la conversación desaparece y volvemos a habitar edificios cuya verdadera condición desconocemos.

En un país sísmico, esa amnesia colectiva no es un descuido menor: es una vulnerabilidad estructural. La resiliencia no se construye después del temblor, sino mucho antes, en la forma en que entendemos la infraestructura como un compromiso permanente con la seguridad y la confianza de quienes la usan.

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Vivimos en una región donde los terremotos no son una posibilidad lejana: son realidad, historia y lamentablemente, un recordatorio constante de nuestra vulnerabilidad. En México, como en el resto de América Latina, la conversación pública sobre sismos suele aparecer después del susto y desaparecer con el paso de los días. Pero este debate no debe limitarse a la emergencia; debemos trasladarla a la cotidianidad de nuestras decisiones, a la forma en que concebimos, mantenemos y gestionamos la infraestructura que nos protege.

Cada edificio, cada puente, cada infraestructura esencial representa algo más que acero y concreto: representa un contrato de confianza con quienes los habitan, con quienes trabajan en ellos, con quienes transitan por sus alrededores. Ese contrato de confianza exige que la infraestructura no sólo resista el próximo temblor, sino que funcione durante y después de él. Que mantenga su integridad, que soporte a las comunidades y que no se convierta en una fuente de tragedia.

Este contrato se sostiene sobre tres pilares que, aunque sencillos en el papel, requieren voluntad política, educación ciudadana y aplicación de tecnología avanzada: actualización normativa, concientización preventiva y mantenimiento continuo.

Este primer pilar, la normativa de construcción ha avanzado, especialmente en la Ciudad de México, donde las reformas recientes y las actualizaciones de normas técnicas complementarias han fortalecido los criterios de diseño sísmico. Estas herramientas técnicas son cruciales para construir nuevas infraestructuras resistentes a los sismos y a otros riesgos naturales que enfrentamos.

Las normas no bastan por sí solas, la resiliencia exige llevar esta conversación a las comunidades. La concientización ciudadana es clave, porque ciudadanos informados saben exigir inspecciones, mantenimiento preventivo y participar en la gestión del riesgo. Sin atención continua, las estructuras envejecen, acumulan daños y se vuelven más vulnerables ante el siguiente sismo.

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Salud estructural

Así llegamos al tercer pilar: el mantenimiento preventivo y el uso de tecnología para monitorear la salud estructural. No basta construir bien; hay que vigilar cómo envejece la infraestructura, cómo responde día a día a cargas, vibraciones, corrosión y movimientos menores que, aunque imperceptibles para nosotros, pueden acumular daño.

Tecnologías disponibles hoy permiten detectar cambios en la integridad estructural de forma continua, anticipar riesgos y optimizar intervenciones de mantenimiento. Esto no es ciencia ficción: es una herramienta concreta para cumplir el contrato de confianza con las comunidades.

Sin embargo, la realidad es que muchos tomamos decisiones preventivas sólo después de sentir el suelo moverse bajo nuestros pies. ¿Por qué esperamos a reaccionar después del susto y no actuamos cuando las señales están allí? La respuesta no es única, va desde la falta de educación sobre riesgos hasta incentivos económicos que priorizan el corto plazo sobre la seguridad a largo plazo.

La resiliencia no es un adjetivo, es una obligación ética. La infraestructura que construimos y mantenemos debe ser garantía de continuidad de operaciones, protección de vidas y estabilidad social. No se trata de eliminar el riesgo, sino de gestionarlo con inteligencia, con herramientas, con planificación y, sobre todo, con una visión que ponga en el centro a las personas y sus derechos a un entorno seguro. En un país sísmico como lo es México, cumplir con ese contrato de confianza no es opcional: es imperativo.

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