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De Alemania a México; diseñar ciudades para la libertad de quienes cuidan

Los desarrolladores y urbanistas deben medir el éxito de un proyecto no solo en metros cuadrados sino en tiempo recuperado.
vie 20 marzo 2026 06:02 AM
De Alemania a México; diseñar ciudades para la libertad de quienes cuidan
Los cuidados no son una cuestión doméstica: son el tejido sobre el que descansa todo lo demás, y las ciudades que empiecen a diseñarse con esa convicción no solo serán más justas. Serán más libres, considera María José Salcedo. (Foto: iStock)

En México, las mujeres destinan 37.9 horas semanales a tareas de cuidado no remuneradas. Los hombres, 25.6. Esas horas no aparecen en ningún contrato, no generan seguridad social y rara vez se cuentan cuando hablamos de desigualdad. Pero tienen un costo económico medible, y es enorme.

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Hoy, el trabajo de cuidados no remunerado equivale al 23.9% del PIB nacional — 8 billones de pesos anuales que sostienen a la sociedad entera desde la invisibilidad. Y por eso -y muchas otras razones- los cuidados no son un asunto doméstico, sino una cuestión de libertad.

Y mientras sigamos tratándolos como algo que ocurre puertas adentro — responsabilidad privada, problema familiar — seguiremos diseñando ciudades que restringen la libertad de millones de personas sin que nadie lo llame por su nombre.

La libertad, en su sentido más concreto, es la capacidad real de elegir. Imagina una mañana ordinaria: son las cinco de la mañana, te levantas antes que todos porque es el único momento que tienes. Calculas si la rampa del hospital tendrá material antiderrapante o estará mojada y resbaladiza como la última vez.

Decides si llevar el coche sabiendo que no habrá cajón de estacionamiento accesible cerca, o si es mejor el transporte público aunque el semáforo cambie antes de que puedan terminar de cruzar. Eso es antes de salir.

Una persona que vive así no está eligiendo libremente cómo usar su tiempo: está siendo privada de esa libertad por un diseño urbano que nunca la consideró. En zonas periféricas de la Ciudad de México, las personas cuidadoras destinan entre 25% y 60% más tiempo a traslados que quienes viven cerca de los servicios. Un día de hospitalización puede consumir hasta seis horas solo en transporte.

Y para cambiar esta ecuación, se requiere que alguien, al diseñar esos espacios, se haya preguntado cómo los vive una persona que cuida. Según las Cuentas Satélite del Trabajo No Remunerado del INEGI, cada hora de cuidado vale 31.22 pesos. Reducir en apenas 10% el tiempo logístico del cuidado liberaría 5,742 millones de horas anuales — equivalentes a 179,280 millones de pesos. Es tiempo que podría convertirse en trabajo, en descanso, en elección.

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¿Cómo se ve una ciudad que ya se hizo esa pregunta? En Alemania, los Mehrgenerationenhäuser integran cuidado infantil, atención a adultos mayores y redes de apoyo en un mismo espacio, a distancia caminable. En Bogotá, las Manzanas del Cuidado devolvieron hasta 12 horas semanales a más de 370,000 mujeres al concentrar servicios dispersos en puntos barriales.

En Barcelona, el programa Barcelona Cuida reemplazó cuatro trámites en cuatro instituciones distintas por una sola ventanilla. Y en Iztapalapa, las UTOPÍAS llevan salud, deporte y educación a colonias que antes no tenían ninguno de esos servicios cerca — un modelo que ONU-Hábitat ya reconoció como referencia internacional. México sabe cómo hacerlo.

Lo que cambia no es solo la infraestructura: cambia la rutina. Cuando la terapia está a diez minutos, la persona que cuida puede trabajar dos horas antes de recoger a su familiar. Cuando el barandal está donde debe estar, el baño deja de ser un riesgo. Cuando el semáforo da diez segundos más, cruzar la calle deja de ser una carrera. Esos segundos, esas horas: eso es libertad recuperada, medible y acumulable.

Los gobiernos locales deben incorporar el tiempo de cuidado como métrica central en sus planes de desarrollo urbano — no cuántos metros de banqueta se construyeron, sino cuántas horas se devolvieron a quienes cuidan — e incluir una partida específica para infraestructura de cuidados con la misma naturalidad con que incluyen una para pavimentación.

Los desarrolladores y urbanistas deben medir el éxito de un proyecto no solo en metros cuadrados sino en tiempo recuperado. Y cada persona que toma decisiones sobre el espacio público debe entender que diseñar pensando en quienes cuidan no es un favor: es una condición para que la libertad deje de ser un privilegio de quienes no tienen a nadie que cuidar.

Los cuidados no son una cuestión doméstica: son el tejido sobre el que descansa todo lo demás, y las ciudades que empiecen a diseñarse con esa convicción no solo serán más justas. Serán más libres.

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