Durante muchos años participé en decisiones donde el éxito de una oficina se medía casi exclusivamente en metros cuadrados, ubicación y precio por renta. Era lo normal y funcionaba. El problema es que seguir usando hoy esos mismos criterios se ha vuelto una forma muy eficiente de perder dinero, talento y tiempo, aunque no siempre lo notemos de inmediato.
El metro cuadrado dejó de ser una medida suficiente para el éxito de una oficina
Con frecuencia veo a empresas debatir sobre si necesitan más o menos espacio, si deben volver a la oficina o mantener esquemas flexibles. Rara vez la conversación empieza donde debería: en el negocio. Cuando el espacio se analiza aislado de la operación, de la cultura y de los objetivos reales de la organización, deja de ser un activo y empieza a operar como un freno silencioso. No genera una crisis visible, pero sí una erosión constante.
Reducir metros cuadrados se ha convertido en una respuesta casi automática, lo he visto muchas veces y aunque la intención suele ser buena, el resultado no siempre lo es. Menos espacio sin una reflexión profunda termina provocando equipos desconectados, áreas que no responden a la forma real de trabajar y oficinas que nadie siente propias. No se trata de tener más o menos, sino de entender qué necesita la empresa para funcionar mejor. Y esa respuesta nunca es estándar.
Hay costos que no aparecen en los reportes financieros, pero que pesan más que la renta mensual. La rotación de personas clave, la baja colaboración entre áreas, la pérdida de foco o la dificultad para atraer talento no suelen atribuirse al espacio físico; sin embargo, en muchos casos, la oficina juega un papel más determinante del que se reconoce. Cuando el espacio no acompaña al negocio, el desgaste se vuelve cotidiano.
Con el tiempo he llegado a una conclusión clara: el metro cuadrado dejó de ser una medida suficiente para el éxito de una oficina. La productividad es un indicador mucho más honesto, no hablo solo de horas trabajadas, sino de calidad de decisiones, velocidad de ejecución y capacidad de colaboración. Las oficinas que aportan valor son aquellas que facilitan el trabajo real, no las que cumplen con una idea heredada de cómo “debería” verse un corporativo.
Desde una perspectiva estrictamente empresarial, el real estate impacta variables que sí importan en la mesa directiva; afecta costos de largo plazo, eficiencia operativa y la capacidad de adaptarse a cambios. Tratarlo únicamente como un gasto es desperdiciar una palanca que puede jugar a favor del negocio. También está el tema de la permanencia, por ejemplo; un edificio “rígido”, poco eficiente o difícil de transformar se vuelve obsoleto más rápido, incluso si sigue siendo funcional en apariencia. No es solo una cuestión de mantenimiento o consumo energético, sino de flexibilidad. El espacio que no puede adaptarse termina quedándose atrás, mientras el negocio sigue avanzando.
Cuando hablo con líderes empresariales, suelo regresar siempre a las mismas preguntas. Si el espacio acompaña o estorba. Si refleja la cultura que la empresa dice tener. Si está pensado para el trabajo cotidiano o para una idea que ya no existe. No son preguntas cómodas, pero suelen ser reveladoras.
Por lo tanto, puedo concluir que las oficinas no fracasan por su tamaño, fracasan cuando se diseñan sin entender el negocio que deben sostener. Y quizá el error más común no sea invertir poco o mucho, sino seguir tomando decisiones inmobiliarias con los criterios que funcionaron en otro momento, confiando en que seguirán dando resultados.
A veces, el problema no es el edificio, más bien es la forma en que decidimos lo que esperamos de él. Y mientras esa expectativa no cambie, seguiremos discutiendo metros cuadrados cuando lo que realmente está en juego es algo mucho más valioso.
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Nota del editor: Javier Gutiérrez es Director de Proyectos y Desarrollos de JLL México. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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