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Inteligencia urbana, la importancia de aprender a leer sus signos vitales

La operación de una ciudad inteligente no sólo depende de estar conectada a través de sistemas, sino de un ‘cerebro’ que analice sus movimientos para ponerla en marcha.
mar 02 junio 2026 06:00 AM
Las ciudades inteligentes como proyecto de gobierno
El mayor crecimiento del ecosistema de ciudades inteligentes está en el software y la analítica, no en la infraestructura física. La razón es simple: el valor está en interpretar los datos y anticipar escenarios, apunta Omar El Gohary. (Foto: iStock)

La conversación sobre ciudades inteligentes dejó de ser futurista hace tiempo. Hoy es un mercado en plena aceleración y con inversiones crecientes. En 2025 fue valorado en 952,000 millones de dólares y se proyecta que supere los 1.87 billones en 2026, con una tasa de crecimiento anual de 23%, de acuerdo con la consultora Fortune Business Insights. No se trata de pruebas piloto ni de promesas a largo plazo. No, la tecnología ya está desplegada.

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Sin embargo, ese crecimiento no necesariamente se ha traducido en mejores decisiones urbanas. Muchas ciudades enfrentan hoy una paradoja cada vez más evidente: más sistemas, más sensores y más datos, pero poca comprensión integrada de lo que ocurre en tiempo real. En otras palabras, el reto no es conectar más dispositivos, sino aprender a interpretar lo que ya está conectado.

Pensar la ciudad como un organismo vivo ayuda a entender el desafío. Un individuo tiene instrumentos que miden su ritmo cardiaco, presión, oxigenación y temperatura, pero sin un diagnóstico integral esos datos son sólo números. Lo mismo ocurre con una ciudad. Tráfico, movilidad, servicios de emergencia, energía, agua y seguridad son signos vitales urbanos que deben leerse de manera conjunta para que el sistema funcione de forma sincronizada.

No es casualidad que ciudades como Zúrich, Oslo, Londres, Seúl, Sídney o Ciudad de México aparezcan de forma recurrente en rankings como el IMD Smart City Index 2026. En la mayoría de estos casos, el foco del gasto público se ha concentrado en movilidad, servicios públicos y seguridad, con inversiones relevantes en conectividad y monitoreo.

Sin embargo, la adopción rápida no garantiza mejores decisiones. Tener sensores, cámaras o plataformas aisladas no implica saber cuándo intervenir, dónde priorizar recursos o qué riesgo está creciendo de forma silenciosa. Una ciudad puede ver más que nunca y aun así reaccionar tarde o de manera ineficiente. Ahí es donde la inteligencia se vuelve el componente crítico.

El ‘cerebro’ que permite movimiento

El mayor crecimiento del ecosistema de ciudades inteligentes está en el software y la analítica, no en la infraestructura física. La razón es simple: el valor está en interpretar los datos y anticipar escenarios. En entornos urbanos complejos, la IA empieza a funcionar como un sistema de diagnóstico continuo.

Uno de los ejemplos fue cuando en G2K desarrollamos una tecnología integral y una solución para realizar despliegues reales. En la estación Südkreuz de Berlín, transformamos la videovigilancia tradicional en un sistema activo capaz de identificar objetos abandonados, detectar situaciones de riesgo —como personas en las vías o inmovilizadas—, gestionar acumulaciones de pasajeros y anticipar comportamientos indebidos en tiempo real.

Mientras que en Madinaty, una ciudad de 33.6 millones de m2 diseñada para albergar 600 mil habitantes en Egipto, ese mismo enfoque se escaló a nivel ciudad mediante un centro de comando y control que integraba múltiples fuentes de datos para monitorear y coordinar la seguridad de cientos de miles de habitantes en tiempo real.

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La inteligencia urbana correlacionó múltiples señales en tiempo real para distinguir entre situaciones normales, comportamientos autorizados y riesgos reales. La diferencia estuvo en entender mejor qué ocurria y actuar antes.

Esta lógica —conocida como situational awareness— sigue una secuencia clara y replicable: percepción, a través de cámaras, sensores y sistemas existentes; comprensión, mediante análisis y correlación de patrones; y proyección, para anticipar qué ocurrirá si no se actúa y evaluar el impacto de distintas decisiones.

Lo anterior deja ver que una ciudad puede tener todos los datos del mundo y aun así no saber qué hacer con ellos si no existe una capa que los traduzca en criterio operativo.

Operar bajo un criterio anticipado

La adopción de sistemas basados en IA e integración de datos reduce fricciones operativas. Mejora la coordinación entre dependencias, optimiza el uso de recursos y disminuye la carga reactiva de las operaciones diarias. En experiencias como las de G2K, el impacto no vino de sustituir personas, sino de elevar el criterio con el que operaban.

Y conviene subrayarlo, pues no se trata de automatizar ciudades ni de delegar el control urbano a algoritmos. Se trata de dar mejor información, contexto y capacidad de anticipación a quienes toman decisiones.

Las proyecciones indican que para 2031 el mercado global de ciudades inteligentes podría superar los 4 billones de dólares, impulsado por plataformas integradas y analítica avanzada, según la consultora Mordor Intelligence. El verdadero diferenciador no será quién instale más sensores ni quién despliegue más tecnología.

La ventaja competitiva urbana estará en sistemas que piensan de forma conjunta, capaces de conectar datos, contexto y acción en tiempo real. Las ciudades que comprendan esto antes serán más eficientes, más resilientes y atractivas para ciudadanos, empresas y talento.

Al final, el futuro de las ciudades inteligentes no se medirá por cuánta tecnología instalan, sino por qué tan bien logran entenderse a sí mismas.

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Nota del editor: Omar El Gohary es un ejecutivo mexicano –egipcio tecnológico con experiencia en inteligencia artificial, IoT y computación perimetral, con una trayectoria que combina innovación tecnológica, liderazgo empresarial y experiencia internacional. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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