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Lecumberri, el proyecto arquitectónico que pasó de cárcel a Archivo General de la Nación

La transformación de Lecumberri permitió conservar un inmueble penitenciario de 1900 y convertir sus antiguas celdas en espacios para resguardar documentos históricos.
Imagen de un recorrido Nocturno en el Archivo General de la Nación, palacio antes conocido como la cárcel de Lecumberri.
Construido con cantera gris e inaugurado durante el Porfiriato, el Lecumberri hoy es un espacio de consulta del Archivo General de la Nación.
(Misael Valtierra)

El Palacio de Lecumberri es uno de los casos más singulares de reconversión arquitectónica de la Ciudad de México. Concebido a finales del siglo XIX como una penitenciaría basada en la vigilancia y el aislamiento, terminó convertido en el Archivo General de la Nación, después de estar cerca de ser demolido para dar paso a una unidad habitacional.

La historia del inmueble también está ligada al movimiento estudiantil de 1968. Entre 1968 y 1971, el llamado antiguo Palacio Negro recibió a estudiantes, profesores y otros integrantes del movimiento, entre ellos los escritores Luis González de Alba y José Revueltas, además de Heberto Castillo. Hoy, las antiguas crujías que fueron espacios de reclusión resguardan documentos utilizados para investigar la historia política e institucional de México.

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Cómo se construyó Lecumberri

La construcción de Lecumberri comenzó en 1885, aunque la necesidad de una nueva penitenciaría para la capital se había planteado décadas antes. El arquitecto español Lorenzo de la Hidalga había elaborado una propuesta que combinaba distintos sistemas carcelarios. El proyecto no llegó a ejecutarse, pero algunos de sus principios influyeron en el diseño posterior.

El proyecto fue encomendado al ingeniero Antonio Torres Torija. Los trabajos estuvieron bajo la dirección del arquitecto Miguel Quintana entre 1885 y 1892 y posteriormente de Antonio M. Anza hasta 1897, de acuerdo con el Catálogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles.

Para acelerar la construcción se contrató a Pauly Jail Building Manufacturing Company, una empresa estadounidense especializada en la construcción y equipamiento de centros penitenciarios. El costo registrado en el catálogo fue de 2,396,914 pesos de la época.

El entonces presidente Porfirio Díaz inauguró la penitenciaría el 29 de septiembre de 1900, en el oriente de la Ciudad de México.

Image de la fachada principal del Palacio de Lecumberri sobre la avenida Eduardo Molina en la Ciudad de México.
Lecumberri reabrió sus puertas luego de su reconversión en 1982.
(Hugo Cruz)


Arquitectura diseñada para vigilar

La arquitectura respondía a una idea precisa sobre cómo debía funcionar una prisión. El espacio debía permitir vigilar a los internos y controlar sus desplazamientos. El proyecto retomó principios del sistema penitenciario irlandés, que establecía etapas entre el aislamiento y la libertad preparatoria.

Lecumberri fue organizado con una planta en forma de estrella, integrada por siete crujías dobles de celdas distribuidas en dos pisos. Las galerías convergían en un patio central, donde se encontraba la torre de vigilancia. En la parte frontal se ubicó el edificio administrativo.

El inmueble contaba con 896 celdas, cada una de 3.60 por 2.10 metros y 4.20 metros de altura. La fachada principal utilizó cantera gris, mientras que los muros de piedra y tabique podían alcanzar 90 centímetros de ancho.

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La distribución hacía del edificio una máquina arquitectónica para observar y contener. Pero el crecimiento de la población penitenciaria terminó por poner en tensión el propósito para el que había sido construido.

Imagen de los pasillos de la Cárcel de Lecumberri, se observan las puertas de las celdas en las que ahora se resguardan los archivos de la nación.
Tras suspender sus labores como penitenciaría en 1976, las antiguas crujías fueron acondicionadas para resguardar acervos documentales. (Misael Valtierra)

El cierre del Palacio Negro

Lecumberri recibió hombres y mujeres hasta 1954, cuando comenzó a operar una cárcel femenil y el inmueble quedó destinado exclusivamente a hombres. Durante sus 76 años como penitenciaría también albergó a presos políticos.

Entre 1968 y 1971 estuvieron recluidos ahí estudiantes, profesores e integrantes del movimiento estudiantil . El edificio quedó asociado así a uno de los episodios políticos más importantes de la segunda mitad del siglo XX mexicano.

La sobrepoblación también modificó las condiciones del inmueble y terminó por alejarlo del propósito de rehabilitación social planteado por su diseño original.

En 1976, la apertura de nuevos reclusorios en la capital dejó a Lecumberri sin su función penitenciaria. El cierre abrió entonces una pregunta arquitectónica y urbana sobre qué hacer con un edificio de grandes dimensiones, pero también con una fuerte carga histórica.

Lecumberri evitó la demolición

Una de las alternativas planteadas fue demoler el antiguo penal para construir una unidad habitacional, aprovechando el crecimiento demográfico de la zona. Otra propuesta contemplaba sustituir el conjunto por la Alameda Oriente.

La discusión ocurrió en un momento en que la conservación del patrimonio arquitectónico había adquirido mayor peso en México. Las políticas de protección desarrolladas desde la década de 1960 y la legislación sobre monumentos de 1972 dieron respaldo a quienes defendían la conservación del inmueble.

Historiadores como Edmundo O’Gorman y Eduardo Blanquel, junto con los arquitectos Flavio Salamanca y Jorge L. Medellín, participaron en los esfuerzos para evitar la demolición.

A principios de 1977, Jesús Reyes Heroles, entonces secretario de Gobernación, impulsó la propuesta de convertir el edificio en sede del Archivo General de la Nación.

Imagen nocturna del patio ubicado al interior del Palacio de Lecumberri.
La restauración de la cárcel quedó a cargo del arquitecto Jorge L. Medellín, con el objetivo de preservar el valor histórico del inmueble. (Misael Valtierra)

De cárcel a archivo

La adaptación quedó a cargo del arquitecto Jorge L. Medellín. El reto consistía en incorporar las necesidades de un archivo nacional sin eliminar las características arquitectónicas que daban valor histórico al antiguo penal.

El 27 de agosto de 1982, Lecumberri comenzó a funcionar como sede del Archivo General de la Nación.

La reconversión modificó la relación del inmueble con la ciudad. El edificio que había sido diseñado para restringir el acceso y controlar el movimiento comenzó a recibir investigadores y visitantes.

El inmueble frontal sobre la avenida Eduardo Molina fue destinado a la administración y atención al público. Las antiguas crujías fueron acondicionadas para albergar acervos y cubículos de investigación.

La intervención conservó los acabados exteriores y utilizó piedra procedente de la cantera original para integrar las áreas reparadas. El proyecto también incorporó un jardín público en la parte posterior y buscó dotar de servicios culturales al entorno.

La transformación no borró la función anterior del edificio. Las puertas de las antiguas celdas, los pasillos y la planta radial continúan haciendo visible la arquitectura penitenciaria para la que fue construido.

Pero el uso cambió de manera radical. El mismo edificio que durante 76 años fue utilizado para recluir personas pasó a resguardar documentos sobre el país y sus instituciones.

En 2002, durante el gobierno de Vicente Fox, alrededor de 60,000 archivos policiales fueron hechos públicos y quedaron disponibles para consulta en el Archivo General de la Nación. El antiguo espacio de reclusión se convirtió así también en un lugar para investigar la actuación de las instituciones de seguridad del Estado.

En torno al 2 de octubre, Lecumberri conserva por ello una doble condición. Es un inmueble asociado con la historia penitenciaria y política de México, pero también un ejemplo de cómo una construcción que perdió su función original puede conservarse mediante una nueva utilización.

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