Mucha gente relaciona la arquitectura con el mundo del diseño, la moda, el lujo y afines. O al menos la ve cercana a ellos. Esta tergiversación es interesante en nuestros tiempos; yo, por ejemplo, veo el rol o la responsabilidad de la profesión hoy más cercano al hacedor de política, al planificador, al activista incluso.
Sobre la arquitectura y su rol, hoy. Una crítica desde afuera del gremio
Hay tantos retos que atender como sociedad en los cuales la arquitectura juega un rol angular (crisis de vivienda, segregación, mancha urbana, acceso al espacio público; al final todos vivimos en arquitectura), pero el mercado por sí solo no coloca a dichos profesionistas hacia esos frentes. La economía en “forma de K” explica el telón de fondo: debido a la creciente y profunda desigualdad, la economía se “divide” y la demanda proviene cada vez más de los estratos más altos de la distribución del ingreso.
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El poder de compra y negociación de esos estratos crece; ellos marcan la demanda y el mercado responde asignando recursos donde esa demanda existe. A medida que aumenta el ingreso de la población con mayor poder adquisitivo, ésta empuja la creación y consumo de bienes y servicios que no siempre son congruentes con los problemas sociales. Así, los arquitectos concentran oportunidades de empleo e ingreso en campos de “lujo”.
El mercado coloca talento, recursos y energía donde hay mayor demanda. El reto es que el poder de compra —y, por ende, la demanda— de los estratos más altos y su ritmo de crecimiento es asimétrico respecto al de los demás; se acentúa la asimetría y cae el poder de negociación de la mayoría. En consecuencia, se profundiza el divorcio entre los principales retos del gran ancho de la población y los problemas que el mercado atiende, un divorcio que sólo se acrecienta con el tiempo.
Si pensamos la demanda como un pastel, en las últimas décadas una porción creciente proviene del rango más alto. Esto se refleja en la dinámica de precios: si sigue habiendo demanda y el mecanismo de precios responde —pero esa demanda proviene de una parte pequeña de la población— el nivel de precios crece a un ritmo mayor que el ingreso de la mayoría.
Un ejemplo claro es la crisis de vivienda que viven muchos países. La vivienda es un objeto complejo: es derecho humano, activo y bien de uso. Participa en dos mercados: el de uso (metros cuadrados -m²- habitables) y el de activos (valor financiero). Ahí se vuelve evidente cómo la desigualdad, incluso excluyendo la pobreza, perjudica a la mayoría: a medida que crece el ingreso del estrato superior, aumenta su demanda por activos y el mecanismo de precios eleva su valor (bolsa, inmobiliario, etc.). Como la casa también es un activo —es ingreso futuro— la demanda por vivienda como activo sube más rápido que la demanda por su uso; sube el precio de compra y, por ende, la renta, porque quien adquiere a mayor precio espera mayor ingreso futuro. El resultado es que las rentas crecen más rápido de lo que el mercado de uso (liderado por la demanda de espacio) habría marcado por sí solo.
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Es un ejemplo de economía en K. El problema es que nuestro entendimiento, modelos y marco teórico económico siguen siendo agregados: no toman en cuenta la distribución. Y la desigualdad sí termina por afectar, porque incrementa la asimetría de poder de negociación de quien no está en ese estrato, apachurrando su ingreso y reduciendo su abanico de posibilidades. El círculo vicioso se refuerza.
Dije todo esto para subrayar que el mercado, por sí solo, con los niveles astronómicos de desigualdad que tenemos, colocará recursos ciegamente donde haya demanda (es decir, dinero), profundizando la desigualdad. Por eso creo que vale la pena replantear —al menos en mesas de diálogo— el rol del arquitecto en 2026: ¿queremos que sea una profesión que simplemente se sume al mundo que se está construyendo, o que actúe como fuerza de elevación, servicio y cohesión social?
Cabe recalcar el poder del espacio público, la no segregación, la vivienda digna y el acceso a servicios: todos están en el arsenal de herramientas del creador de espacios y de las ciencias del hábitat, y tienen un impacto fuerte en los retos fundamentales de una sociedad y su cohesión. Los arquitectos pueden usar herramientas de diseño que apunten en una dirección distinta a la que las fuerzas del mercado alocan recursos.
Creo finalmente que el plano espacial —lo físico, lo urbano— puede ser un arma de resistencia frente al círculo vicioso de la desigualdad, especialmente en economías de baja movilidad socioeconómica y alta desigualdad como la nuestra. La evidencia causal muestra que políticas antisegregación y de acceso a vecindarios de oportunidad mejoran la movilidad social. (Chetty, Hendren y Katz, 2016).
Creo en una disciplina que sea para todos, interdisciplinar, que invite y que haga. Que se use el ámbito espacial y sus herramientas activa y ofensivamente; que impacte y no solo tome por sentado el mundo y su rol en él.
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Nota del editor: Luis Pablo López Medrano es economista y asistente de investigación por la Universidad de Monterrey. Cuenta con experiencia académica en Aarhus University BSS y se desempeña como economista en Banco B×+. Es un apasionado de la ciencia urbana, la historia y el análisis social, económico y contextual de la arquitectura como herramienta de transformación y desarrollo. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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